Sin saber muy bien cómo, de repente llega el día de tu 30 cumpleaños. ¿¿¿Treinta??? Yo nunca he usado ese número, no puede ser ¡¿cómo que treinta?!, si no me he dado cuenta del tiempo que ha pasado ni casi de cómo he llegado hasta aquí. Echas la vista atrás para asegurarte de que la vida que llevas la elegiste tú, de una u otra forma, que esas decisiones, una pequeña detrás de otra, te han llevado a donde estás ahora. ¿Quién eres? ¿qué quieres? ¿quién habías querido ser? ¿eres feliz con tu vida? ... Muchas preguntas para tan poca respuesta.
Tanta incertidumbre espiritual te dificulta la respiración. Las dificultades para respirar activan las alertas de tu cuerpo, te avisan de que algo no va bien. Durante un tiempo, parece que lo puedes controlar. Al menos, eso intentas. Después ya no. Ese tiempo lo ignoras, tratas de ocultar las señales que tu cuerpo te envía, confiando en no llamar mucho la atención y que nadie (sobre todo tu círculo más íntimo y al que más quieres) se dé cuenta de que lo estás pasando mal sin saber por qué. Con todas tus fuerzas procuras que nadie se preocupe por ti porque, en realidad, para esas personas sólo quieres lo mejor, darles lo mejor de ti, porque es eso lo que se merecen. A la larga resulta ser peor, ya que lo que eran al principio pequeñas señales ahora te dominan por completo y dejas de ser tú. Eres la desesperación personificada, un ser que hace que ocurra lo que precisamente lo que no querías que sucediese, pero además, elevado al cubo.
No hay una formula mágica (fenomenal, es lo último que te faltaba, que no haya un remedio rápido y eficaz) para devolverte a ser quien eras. Sólo medicación, terapia y PACIENCIA.
El tiempo pasa y crees que la fórmula mágica va surtiendo efecto, porque en realidad, aunque muy despacio, surte efecto. Pero tropiezas. Y la recaída es peor que la primera vez que caíste. Entonces crees que nunca podrás salir.
La medicación te la proporciona el médico, la terapia, tu psicólogo ¿Y la paciencia? ¿y la fuerza para seguir, para intentarlo una y otra vez?... ¡Ay!... justo la parte más difícil te la proporcionan precisamente las personas a las que no querías preocupar, a las que sólo querías dar lo mejor de ti.
Reunirte y pasar tiempo con esas personas te produce la misma ilusión que miedo a volver a cagarla. Y la cagas.
Aun así, siguen estando ahí. Supliendo tus necesidades, evitando agobiarte, sin decir nada y demostrando todo.
Porque sin vosotras no sería yo, porque sin vosotras no estaría aquí, porque sin vosotras no sería lo feliz que soy (pese a los pequeños y grandes baches), y porque en definitiva, respondéis a todas esas preguntas que no tenían respuesta.
Por y para vosotras.
GRACIAS
domingo, 21 de octubre de 2012
Cadenas invisibles
Hablar de las cadenas invisibles no es sencillo. Las sentimos, sabemos que están ahí, que nos ahogan, nos asfixian. A unos nos afectan más, a otros menos, todo depende del límite de tolerancia que cada uno ha desarrollado respecto a ellas, o de cuán acostumbrados estemos a sentir su peso y su presión.
Pero se podría decir que las cadenas invisibles son las ideas, las cosas o las personas que nos tienen atados a situaciones que nos bloquean, nos limitan o no nos acaban de gustar. Situaciones que, en definitiva, nos impiden ser o comportarnos como nos gustaría. Y últimamente y cada vez más, tiendo a pensar que ese "como nos gustaría ser" o "como nos gustaría comportarnos" no es otra cosa que "como somos en realidad" pero, por circunstancias varias, no hemos podido ser. Es una frase difícil de digerir al principio pero que, si lo pensáis, tiene todo el sentido.
Leía hace semanas el libro (para mí, maravilloso, en muchos aspectos) de Therese Bertherat, Correo del cuerpo, y recuerdo una escena que me gustaría describiros. Ella les preguntaba a los asistentes a su grupo de antigimnasia (que es la terapia que ella ha desarrollado) por qué estaban allí. Muchos le decían que era para eliminar molestias que sentían en diversos músculos o articulaciones, y que dificultaban su vida, o para mejorar sus condiciones físicas. Desde luego no es una respuesta descabellada: uno decide ir a una terapia corporal para "arreglar" o mejorar su cuerpo, por diversas motivaciones. Otras personas le decían que, en general, querían sentirse mejor con ellos mismos. Frase de moda donde las haya, todo el mundo quiere sentirse mejor con él mismo, aunque no se sepa muy bien qué implica esto. Otras personas averiguaban que, aunque al principio habían recurrido a sus clases para mejorar un dolor muscular o una postura, ahora lo hacían por motivaciones algo distintas que no conocían muy bien. Querían sentirse mejor, llegar a ser "mejores", más auténticos, conectar con su cuerpo, y ese tipo de cosas. Y luego, alguien dijo la respuesta que quizás estaba en el fondo de todas las demás respuestas: vengo aquí para ser la persona que estaba destinada a ser de no haberme encerrado en esta armadura. La armadura, supongo yo, de los convencionalismos, las imposiciones, los deseos que no nos pertenecen, las limitaciones físicas y mentales, las obligaciones, etc.
Me gustó esta escena del libro, que yo describo aquí de forma aislada pero que en el contexto tiene todo el sentido. Creo que quizás la petición expresa u oculta de todos aquellos que emprenden un trabajo corporal o una terapia psicológica cualquiera es precisamente esa: quiero ser como soy realmente, no como las circunstancias de la vida me han modelado, no con las estrategias que he tenido que emplear para sobrevivir y hacerme amado o respetado. No se me ocurre que exista un anhelo más profundo que este, precisamente: ser, al 100%, uno mismo. Como realmente es o quiera ser.
El ser uno mismo me recuerda a todas esas personas que, un buen día, se levantan y deciden que quieren rehacer su vida. Desde el principio. Esas personas que sin decir nada a nadie, y dejando detrás mucho dolor para los que los acompañaban, deciden "reinventarse" y empezar una nueva vida. Desde cero. De hecho, esta motivación es la que está detrás muchas veces de las personas adultas desaparecidas (una persona con la que mantenía largas conversaciones me dijo una vez: "no sabes cuánto daño hizo aquel programa de Quien sabe donde, hubo gente que se fue y no quería que se le encontrara"). No puedo imaginar cuánto dolor o qué cadenas invisibles o visibles han debido soportar esas personas para ver en la huida desesperada la única salida posible. Algunos dirán que decidirse a abandonarlo todo es un camino fácil. Yo no lo llamaría así. Dejarlo todo, planificar la huida con antelación para no ser encontrado (ya se sabe, hoy con las tarjetas de crédito y las tecnologías es prácticamente imposible desaparecer), decir adiós a lo que constituye nuestra vida y nuestra personalidad actual, y lanzarse a una aventura que no se sabe cómo va a desarrollar, no es una tarea que calificaría como cómoda o como fácil. Es como el que dice que es más sencillo dejar una relación que nos hace infelices que luchar con todas nuestras fuerzas para que vaya bien, intentarlo. Y yo me pregunto ¿intentar qué: sostener algo artificialmente porque se va a caer? ¿Eso es más lícito que ver la realidad, cuando es obvia? Siguiendo con las calificaciones de lo que es sencillo y lo que es dificultoso: ¿Realmente se podría calificar de sencillo abandonar una relación a la que nos hemos entregado, que nos ha calado, que nos ha llevado tiempo, amor y esfuerzo? ¿Realmente es sencillo superar el tremendo dolor de la pérdida? ¿No es acaso más fácil a veces, seguir "intentando mejorar" algo, que admitir que se ha perdido, que se ha acabado? ¿No es más fácil enfrentarse a lo conocido, aunque sea malo, que descubrir lo bueno?
Por eso mismo, que una persona decida romper con todo no es para mí una tarea cobarde. Quizás uno se haya cansado de luchar, quizás vea que todo lo que le rodea lo limita, quizás sienta que si sigue con su vida "normal" se acabará acomodando a una situación que en el fondo de su ser sabe que no le gusta. Acomodarse a la vida, bajo la fachada de que "se está luchando por mantenerla" no es muy distinto de acomodarse a un matrimonio rutinario por no atreverse a dar el paso. Así que creo que detrás de esas personas que desaparecen, hay un drama que o bien no sabían como resolver, o bien no querían resolver, porque tenían la convicción interna de que "resolverlo" sería precisamente sucumbir a él. Sucumbir a ser "los de siempre", a no cambiar, a vivir al 70% porque esto no es tan malo con la gente desgraciada que hay en el mundo. Quizás esas personas estaban acostumbradas a sus cadenas, un día vislumbraron una vida mejor y sintieron que, o daban un giro radical, o esa visión se desvanecería bajo las pequeñas obligaciones y visicitudes de la vida cotidiana. Y entonces cualquier cambio sería imposible.
Uno puede decidirse a romper sus cadenas poco a poco, una a una, intentando causar el menor revuelo posible. Otro puede decidir que realmente no quiere romperlas, que se ha acostumbrado a ellas, que no le hacen daño, que incluso forman parte de su ser y su felicidad. Y otro puede decidir que no le importa en absoluto si tiene cadenas invisibles o no, es más, que no quiere ni preguntárselo. Y todo eso es tan respetable como el que se levanta un día y se quita las cadenas de golpe, a mordiscos o a martillazos, y empieza de nuevo.
Y con esto... creo que ya es más que suficiente como primer post. :-)
Pero se podría decir que las cadenas invisibles son las ideas, las cosas o las personas que nos tienen atados a situaciones que nos bloquean, nos limitan o no nos acaban de gustar. Situaciones que, en definitiva, nos impiden ser o comportarnos como nos gustaría. Y últimamente y cada vez más, tiendo a pensar que ese "como nos gustaría ser" o "como nos gustaría comportarnos" no es otra cosa que "como somos en realidad" pero, por circunstancias varias, no hemos podido ser. Es una frase difícil de digerir al principio pero que, si lo pensáis, tiene todo el sentido.
Leía hace semanas el libro (para mí, maravilloso, en muchos aspectos) de Therese Bertherat, Correo del cuerpo, y recuerdo una escena que me gustaría describiros. Ella les preguntaba a los asistentes a su grupo de antigimnasia (que es la terapia que ella ha desarrollado) por qué estaban allí. Muchos le decían que era para eliminar molestias que sentían en diversos músculos o articulaciones, y que dificultaban su vida, o para mejorar sus condiciones físicas. Desde luego no es una respuesta descabellada: uno decide ir a una terapia corporal para "arreglar" o mejorar su cuerpo, por diversas motivaciones. Otras personas le decían que, en general, querían sentirse mejor con ellos mismos. Frase de moda donde las haya, todo el mundo quiere sentirse mejor con él mismo, aunque no se sepa muy bien qué implica esto. Otras personas averiguaban que, aunque al principio habían recurrido a sus clases para mejorar un dolor muscular o una postura, ahora lo hacían por motivaciones algo distintas que no conocían muy bien. Querían sentirse mejor, llegar a ser "mejores", más auténticos, conectar con su cuerpo, y ese tipo de cosas. Y luego, alguien dijo la respuesta que quizás estaba en el fondo de todas las demás respuestas: vengo aquí para ser la persona que estaba destinada a ser de no haberme encerrado en esta armadura. La armadura, supongo yo, de los convencionalismos, las imposiciones, los deseos que no nos pertenecen, las limitaciones físicas y mentales, las obligaciones, etc.
| via |
Me gustó esta escena del libro, que yo describo aquí de forma aislada pero que en el contexto tiene todo el sentido. Creo que quizás la petición expresa u oculta de todos aquellos que emprenden un trabajo corporal o una terapia psicológica cualquiera es precisamente esa: quiero ser como soy realmente, no como las circunstancias de la vida me han modelado, no con las estrategias que he tenido que emplear para sobrevivir y hacerme amado o respetado. No se me ocurre que exista un anhelo más profundo que este, precisamente: ser, al 100%, uno mismo. Como realmente es o quiera ser.
El ser uno mismo me recuerda a todas esas personas que, un buen día, se levantan y deciden que quieren rehacer su vida. Desde el principio. Esas personas que sin decir nada a nadie, y dejando detrás mucho dolor para los que los acompañaban, deciden "reinventarse" y empezar una nueva vida. Desde cero. De hecho, esta motivación es la que está detrás muchas veces de las personas adultas desaparecidas (una persona con la que mantenía largas conversaciones me dijo una vez: "no sabes cuánto daño hizo aquel programa de Quien sabe donde, hubo gente que se fue y no quería que se le encontrara"). No puedo imaginar cuánto dolor o qué cadenas invisibles o visibles han debido soportar esas personas para ver en la huida desesperada la única salida posible. Algunos dirán que decidirse a abandonarlo todo es un camino fácil. Yo no lo llamaría así. Dejarlo todo, planificar la huida con antelación para no ser encontrado (ya se sabe, hoy con las tarjetas de crédito y las tecnologías es prácticamente imposible desaparecer), decir adiós a lo que constituye nuestra vida y nuestra personalidad actual, y lanzarse a una aventura que no se sabe cómo va a desarrollar, no es una tarea que calificaría como cómoda o como fácil. Es como el que dice que es más sencillo dejar una relación que nos hace infelices que luchar con todas nuestras fuerzas para que vaya bien, intentarlo. Y yo me pregunto ¿intentar qué: sostener algo artificialmente porque se va a caer? ¿Eso es más lícito que ver la realidad, cuando es obvia? Siguiendo con las calificaciones de lo que es sencillo y lo que es dificultoso: ¿Realmente se podría calificar de sencillo abandonar una relación a la que nos hemos entregado, que nos ha calado, que nos ha llevado tiempo, amor y esfuerzo? ¿Realmente es sencillo superar el tremendo dolor de la pérdida? ¿No es acaso más fácil a veces, seguir "intentando mejorar" algo, que admitir que se ha perdido, que se ha acabado? ¿No es más fácil enfrentarse a lo conocido, aunque sea malo, que descubrir lo bueno?
| ¡Me largo de aquí! |
Por eso mismo, que una persona decida romper con todo no es para mí una tarea cobarde. Quizás uno se haya cansado de luchar, quizás vea que todo lo que le rodea lo limita, quizás sienta que si sigue con su vida "normal" se acabará acomodando a una situación que en el fondo de su ser sabe que no le gusta. Acomodarse a la vida, bajo la fachada de que "se está luchando por mantenerla" no es muy distinto de acomodarse a un matrimonio rutinario por no atreverse a dar el paso. Así que creo que detrás de esas personas que desaparecen, hay un drama que o bien no sabían como resolver, o bien no querían resolver, porque tenían la convicción interna de que "resolverlo" sería precisamente sucumbir a él. Sucumbir a ser "los de siempre", a no cambiar, a vivir al 70% porque esto no es tan malo con la gente desgraciada que hay en el mundo. Quizás esas personas estaban acostumbradas a sus cadenas, un día vislumbraron una vida mejor y sintieron que, o daban un giro radical, o esa visión se desvanecería bajo las pequeñas obligaciones y visicitudes de la vida cotidiana. Y entonces cualquier cambio sería imposible.
Uno puede decidirse a romper sus cadenas poco a poco, una a una, intentando causar el menor revuelo posible. Otro puede decidir que realmente no quiere romperlas, que se ha acostumbrado a ellas, que no le hacen daño, que incluso forman parte de su ser y su felicidad. Y otro puede decidir que no le importa en absoluto si tiene cadenas invisibles o no, es más, que no quiere ni preguntárselo. Y todo eso es tan respetable como el que se levanta un día y se quita las cadenas de golpe, a mordiscos o a martillazos, y empieza de nuevo.
Y con esto... creo que ya es más que suficiente como primer post. :-)
sábado, 20 de octubre de 2012
Bienvenidos
La decisión de crear este blog no ha sido cosa de un día para otro.
Hace tiempo que pensábamos en la idea, y hoy, un día lluvioso y en el que no hay muchos planes para salir, nos hemos decidido a ello. ¿De qué se hablará? Aún no lo sabemos (mal asunto para comenzar un blog, pero confiemos en el destino) Suponemos que de las impresiones, superficiales y profundas (seguramente más superficiales que profundas) de un grupo de chicas, digamos cercanas a la treintena.
Bienvenidos a todos, nos vamos leyendo.
Hace tiempo que pensábamos en la idea, y hoy, un día lluvioso y en el que no hay muchos planes para salir, nos hemos decidido a ello. ¿De qué se hablará? Aún no lo sabemos (mal asunto para comenzar un blog, pero confiemos en el destino) Suponemos que de las impresiones, superficiales y profundas (seguramente más superficiales que profundas) de un grupo de chicas, digamos cercanas a la treintena.
Bienvenidos a todos, nos vamos leyendo.
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